Un pueblito exclusivo en Uruguay llamado José Ignacio

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Caminos de tierra estrechos, silencio solo interrumpido por el oleaje del mar, puestas de sol infinitas, la luz del faro y el graznido de las gaviotas: eso es José Ignacio para los que vivieron allí toda la vida, un pequeño pueblo de la costa sur de Uruguay, donde los atascos de tráfico son algo insólito. No hace mucho tiempo, este era un somnoliento pueblo pesquero, un refugio para solitarios y alguna que otra celebridad que buscaba escapar de los paparazzi en la cercana Punta del Este. Pero en los últimos años, José Ignacio se ha convertido en el lugar más elegante de América Latina, visitado por la jet-set de todo el mundo que transita por sus calles casi siempre tranquilas.

Los días de verano en José Ignacio incluyen almuerzos tranquilos, tardes de sol en la playa (el sol se pone alrededor de las 21:30 en esta época del año), cenas de medianoche alrededor del fuego o en restaurantes elegantes y fiestas nocturnas ofrecidas por marcas de lujo como Lacoste o Chivas Regal en carpas frente a la playa.

Pero eso es solo una pequeña parte del encanto. Excepto por unas pocas semanas frenéticas después de Navidad, cuando la vida social no deja tiempo para las siestas, José Ignacio sigue siendo un lugar somnoliento donde los únicos sonidos son las olas del Atlántico chocando en la costa y los vientos silbando. La naturaleza se impone y las discotecas ruidosas están prohibidas así como las fiestas después de las 2 a.m.

“Si la gente quiere un lugar más concurrido, va a Punta del Este”, dijo Martín Pittaluga, propietario de La Huella, un restaurante de playa de moda a la que va todo el mundo. Este nuevo José Ignacio le debe mucho a la vecina Punta del Este que empieza a parecerse mucho a Miami Beach en los días de verano, llena de relucientes condominios, mega-hoteles, tiendas caras y discotecas ruidosas. José Ignacio atrae a quienes prefieren el ambiente más bohemio e informal de los caminos de tierra, los carteles pintados a mano, las boutiques íntimas y los bed and breakfasts. “Hay menos turistas; es menos comercial”, dice Sophie Slade, una banquera londinense.

Un poco de historia

Fue en 1877 que se erigió el faro en la península rocosa que se convertiría en José Ignacio. Durante gran parte del siglo XX, la zona permaneció deshabitada, aunque un pequeño grupo de familias de la alta sociedad de Montevideo y Buenos Aires comenzó a veranear allí en la década de 1970, y construyeron casas de estilo mediterráneo junto al mar.

Entre las primeras celebridades que aparecieron, desembarcó Mirtha Legrand, una estrella argentina de cine y televisión. Pronto le siguieron otros nombres importantes como el músico Fito Páez y el hotelero Alan Faena. También Shakira, la estrella del pop latino, es propietaria de un rancho cercano y el escritor británico Martin Amis vivió también durante varios años para escapar del “zumbido del mundo”, como él mismo dijo.

Lugares de moda

A la llegada de tanta celebridad, le siguieron restaurantes de lujo, galerías de arte y posadas boutique. Entre los restaurantes de moda se encuentran Marismo y Namm, ambos escondidos en una sinuosa carretera polvorienta, rodeados por un espeso bosque de pinos, eucaliptos y acacias. Marismo, conocido por su cordero de cocción lenta, es un espacio al aire libre, con mesas a la luz de las velas alrededor de una hoguera en la arena. Namm, que sirve sushi y carnes a la parrilla, se encuentra en una cabaña de madera amueblada con linternas tenues, mesas bajas y asientos de banco almohadillados.

Cuanto más aislado es el lugar, más atractivo parece, como La Caracola, un club privado en una playa desierta a la que sólo se puede acceder en barco. Invitados como Giuseppe Cipriani, el renombrado restaurador y playboy, pasan el día allí bebiendo caipirinhas y mordisqueando empanadas en la orilla, seguidos de largos almuerzos de carne asada y pescado recién pescado.

Mientras que gran parte de José Ignacio mantiene una vibración relajada, los locales están preocupados por el desarrollo. A pocos minutos de la ciudad se encuentra la Laguna Escondida, un enorme complejo turístico de 200 unidades frente al lago que está siendo construido por el magnate de los bienes raíces de Florida, Jorge Pérez.

“Algunos dicen que José Ignacio está creciendo demasiado rápido, pero todavía se siente como un pueblo pequeño”, dijo Adolfo Suaya, un restaurador de Los Ángeles que abrió Casa Suaya. Aunque su hotel atrae a un buen número de celebridades como la actriz Naomi Watts o el piloto Michael Schumacher, a Suaya no le preocupa el hacinamiento y compara José Ignacio con los Hamptons, un lugar exclusivo a menos de una hora de Nueva York.

Para llegar a José Ignacio, la gran mayoría de turistas primero vuela a Buenos Aires y llega a Punta del Este con vuelvo de conexión de Aerolíneas Argentinas. American Airlines ofrece también vuelos directos a Buenos Aires. Conducir desde Punta del Este a José Ignacio lleva unos 40 minutos. Otra opción es volar a Montevideo, la capital de Uruguay, y conducir una hora y media hasta José Ignacio, pero ¡ojo!, los vehículos de alquiler son escasos durante la temporada alta y deben ser reservados con antelación.

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